El experimento que se salió de control

Cada gobierno tiene su estilo. Hay gobiernos que administran, gobiernos que improvisan y otros - como el actual - que prefieren narrarse a sí mismos. Últimamente, Colombia vive entre el desconcierto y la metáfora involuntaria: un presidente que pretende rehacer el país a golpe de pluma mientras su propio gabinete se desbarata - o él mismo lo desbarata -, su diplomacia tambalea – o la hace tambalear–, todo al tiempo que su vida personal entra en modo misterio. Gustavo Petro ha demostrado que, cuando la realidad no le gusta o le asusta, prefiere cambiar las reglas del juego en vez de gobernar con estas y, es que, cuando la Constitución deja de ser el camino para la acción política y se convierte en escenario de exhibición, algo muy grave está pasando.

El 23 de octubre de 2025, el entonces ministro de Justicia Eduardo Montealegre, anunció desde Shanghái, el proyecto de Asamblea Nacional Constituyente con el claro propósito de hacer valer sus promesas. Al parecer, nada grita más “cercanía con el pueblo” como anunciar la refundación del Estado desde China. Y es que el documento del Proyecto de Ley es en sí una obra literaria: “71 delegatarios con el fin de enfrentar el cambio climático y proteger al campesinado, que busquen la consolidación de la paz total para asegurar la autonomía territorial indígena, que permitan el desarrollo real del derecho a la vivienda digna y que reformen el Sistema General de Seguridad Social en Salud”.

Cada frase parece escrita bajo la premisa de que una nueva Constitución es la solución mágica para un gobierno que no logra ejecutar ni su propio discurso. Lo cierto es que: convocar una Constituyente para resolver asuntos que ya tienen marco constitucional no es audacia; es ineptitud política.  Y, sin embargo, el presidente insiste en hablarnos de grandeza histórica, como si los problemas ambientales, la salud, la vivienda y la autonomía territorial indígena se resolvieran con delegatarios iluminados, en vez de políticas públicas bien elaboradas.

Créditos: Gustavo Petro firmó en mármol que no convocaría a Asamblea Constituyente en la campaña de 2018. Foto: AFP

Mientras tanto, Estados Unidos decidió recordarnos que la narrativa épica tiene límites: incluyó en la lista OFAC (mejor conocida como la Lista Clinton) al presidente Gustavo Petro, a su esposa Verónica Alcocer, a su hijo Nicolás Petro y al ministro del Interior, Armando Benedetti. Un golpe simbólico, diplomático y ético; que para muchos colombianos simboliza un clamor de victoria agridulce: un recordatorio de que la diplomacia y la política internacional no se hacen a punta de balconazos ni alocuciones presidenciales filosóficas. Resulta entonces paradójico, el hecho de convocar una Constituyente mientras quienes la promueven son catalogados internacionalmente como un riesgo para la democracia y el mundo.

Por si fuera poco, el ministro del Interior, Armando Benedetti decidió insultar a una magistrada de la Corte Suprema de Justicia quien- en el ejercicio pleno de sus funciones - ordenó un allanamiento a su casa. El escenario fue digno de un guion cinematográfico: la magistrada Cristina Lombana actuando con la sobriedad del derecho, y el ministro respondiendo con un catálogo de improperios que parecerían salir más de una rabieta de un niño que acaban de quitarle su balón de fútbol, que de un funcionario público de semejante calibre. Así que, a simple vista, parece ser un gobierno que promete diálogo nacional y reclama bloqueo institucional, mientras su Ministro “estrella” insulta a los jueces. La coherencia, como tantas otras cosas, se volvió un lujo.

Finalmente, en medio de esta turbulencia, el presidente anunció en su cuenta de X que lleva tiempo separado “físicamente” de Verónica Alcocer. Lo dijo sin tapujos, como si al escribirlo, se le olvidase que se está refiriendo a la primera dama de la Nación y no a su esposa, la cual hace tiempo brilla por su silencio. Como en Colombia los escándalos no mueren, sino que se desplazan, la primera EX Dama de la Nación reapareció en Estocolmo, rodeada de lujos nórdicos y un ímpetu de exilio voluntario. Fue Expressen – uno de los medios más leídos de Suecia– quién difundió las imágenes: Alcocer entrando y saliendo de hoteles exclusivos y deambulando entre boutiques prestigiosas, como un personaje que emancipó de la trama oficial, para protagonizar su propio capítulo escandinavo. Además, cuando creíamos haber alcanzado el clímax de lo absurdo, llegó el epílogo inesperado: se conoció la responsabilidad del Gobierno Colombiano en el bloqueo del acceso digital desde Colombia al diario sueco. Un gesto tan desproporcionado como revelador: una censura disfrazada de excusas, que da a entender que el presidente y su gabinete están dispuestos a todo, menos a perder.

Quizá la historia juzgue a este gobierno por lo que quiso ser y no por lo que logró: una fantasía sin héroe, una reforma con hipocresías y una transformación disfrazada. La política se volvió un cuento escrito por quienes prefieren la metáfora antes que el resultado, y el país que ya ha sobrevivido a todos los géneros literarios, empieza a cansarse de tanta ficción. Aun así, entre sanciones, gritos ministeriales y sueños de Constituyentes, queda una incógnita por resolver: ¿qué será de Colombia en el 2026?

Por:  María Luisa Córdoba

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