El Estudiante Petro
En 2022, Gustavo Petro volvió a presentar su candidatura para ingresar a la universidad pública más exigente de todas: la Presidencia de Colombia. Tras varios intentos fallidos, finalmente fue admitido, convenciendo a muchos de que, esta vez, tenía las respuestas correctas y las soluciones distintas que el país necesitaba.
Colombia, cansada de los mismos alumnos de siempre, decidió darle la oportunidad a quien prometía mirar el tablero desde otro ángulo, resolver con ideas frescas lo que tantos otros no habían logrado. Aseguró que aprobaría cada materia con honores, que traía fórmulas nuevas y que lograría la paz casi como quien resuelve una ecuación sencilla.
Pero los resultados no han estado a la altura de las expectativas. Ni sus amigos más fieles ni sus antiguos compañeros pueden ocultar la decepción. La mayoría de los profesores —aquellos que representan a las instituciones, la prensa y los órganos de control— han hecho lo posible por frenar sus intentos de manipular el reglamento y destapar las diversas trampas que ha intentado perpetuar el alumno presidente.
El estudiante comenzó su carrera universitaria o intento de Gobierno rodeado de compañeros de distintos sectores, lo que hacía pensar en un ambiente plural, propicio para el diálogo y la construcción colectiva. Pero pronto su intolerancia a cualquier idea que se desviara, aunque fuera un decimal, de lo que él considera la única respuesta válida, fue minando la paciencia de quienes lo rodeaban. Y como si el problema no fuera él, sino quienes se atreven a contradecirlo, los compañeros —sus ministros— que intentan corregirlo o exigirle, terminan cambiados de curso o expulsados del aula como castigo por pensar distinto.
Por esa misma razón si hacemos un recuento de los estudiantes que han pasado por el salón autodenominado el “Gobierno de la Vida”, nos encontramos con los siguientes números: cuatro ministros del interior, cuatro ministros de hacienda, cuatro ministros de deporte y cinco directores del DAPRE.
El estudiante Petro, con el puesto más privilegiado del salón, tenía en su pensum materias fundamentales que no podía evadir: seguridad, para aprender a proteger a los colombianos; economía, para mejorar su calidad de vida; finanzas públicas, para que el Estado no se desbordara; administración, para distinguir entre ministerios útiles y burocracias decorativas; relaciones exteriores, donde Colombia solía mantener notas decentes. Y, claro, la clase que a casi todos les cuesta, pero que él prometió dominar con honores: la de anticorrupción.
Si repasamos sus resultados, el panorama es el siguiente: la materia de medicina no logró aprobarla ni con tutorías ni con segundas oportunidades. Cuando se trata de sanar al país, de curar sus heridas, no solo fracasó: empeoró el diagnóstico. Y ni hablar de la materia de seguridad, que le fue entregada lejos de ser perfecta, pero en un país que ya había dejado atrás las épocas del cartel de Medellín y la violencia política más feroz. Hoy, bajo su gestión, Colombia presencia la reaparición del miedo con atentados contra candidatos, carros bomba, paros armados y carteles tomándose el control del territorio nacional.
El alumno presidente tampoco logró aprobar la materia de finanzas públicas. Prometió equilibrio, pero gobernó a punta de improvisación, anuncios sin respaldo y cuentas que no cuadran. En pensiones, presentó una reforma como si se tratara de un trabajo hecho a última hora: sin consenso, sin cálculos claros y con más ideología que técnica, poniendo en riesgo el ahorro de millones de colombianos. Y en la clase de institucionalidad —esa que enseña a respetar reglas, profesores y exámenes— confundió liderazgo con capricho, atacó a los órganos de control y trató el reglamento como si fuera optativo. El resultado ha sido desconfianza, incertidumbre y un salón cada vez más dividido.
Y está, por supuesto, la materia que prometió dictar con autoridad moral: la de anticorrupción. Ahí el alumno presidente no solo perdió el examen, sino que terminó copiando exactamente aquello que juró combatir. Contratos millonarios manchados en la UNGRD, cuotas políticas disfrazadas de meritocracia, favores entre amigos del curso y escándalos que salpican a su círculo más cercano con maletas, contratos y silencios incómodos. El discurso era de limpieza total; la práctica terminó siendo la de siempre. En esta clase, Petro no fue distinto a los alumnos que tanto criticó: habló de ética, pero pasara a la historia como uno de los Gobiernos mas corruptos de la historia.
Pero además de esas materias obligatorias, Petro se apuntó a clases electivas donde sí ha brillado. Se graduó de filósofo, con una lectura tardía y obsesiva de Cien años de soledad, libro que no ha dejado de citar desde que lo leyó por primera vez, lo cual parece haber ocurrido hace no mucho. Obtuvo su título de historiador, evocando una y otra vez pasajes del pasado que poco aportan al presente. Y se ha destacado como orador, repitiendo fórmulas con la elocuencia del que siempre tiene algo que decir, pero poco que resolver.
Le queda menos de un año. No para graduarse, eso ya parece perdido, pero sí para intentar reconciliarse con sus compañeros de clase, pedir ayuda y evitar que el próximo curso inicie en ruinas. Porque si algo podemos aprender de este muy olvidable estudiante, es que Colombia necesita menos discursos de aula magna y más acciones concretas. De lo contrario, estamos condenados a repetir la historia del peor alumno presidente de nuestra historia reciente.
Por: Eduardo Nieto