La elección del silencio, la rabia y la experiencia
Antes de hacer un análisis de lo que han sido estas elecciones y de cómo se ve el futuro de Colombia para los próximos cuatro años, creo que es necesario que todos los colombianos hagamos una pausa y miremos con cuidado lo que ha sido esta contienda. Porque esta elección no solo habla de candidatos. Habla del país que somos, de sus miedos, de sus rabias, de sus cansancios y de los vacíos que nadie supo llenar.
La campaña de la izquierda parece haber entendido una cosa muy simple. A veces, la mejor forma de no perder es no exponerse. Iván Cepeda se ha dedicado a una estrategia que, hasta ahora, le ha funcionado. No hablar demasiado. No opinar demasiado. No debatir. No reaccionar demasiado. No dar entrevistas donde puedan incomodarlo. No abrir flancos innecesarios. Y si nada se dice, nada se puede dañar.
Esa ha sido su campaña. Una campaña de bajo riesgo, de silencios calculados y de exposición mínima. No necesariamente porque entusiasme, sino porque ha evitado cometer errores que lo hagan caer. Las pocas veces que habla, suele hacerlo leyendo. Y cuando desde su sector aparece una frase cuestionable, la estrategia no es explicar ni corregir, sino dejar que el tiempo le baje la temperatura.
Pasó con Aída Quilcué cuando decidió atacar a las universidades privadas y dijo que lo único que enseñan allá es a robar. Esa frase no solo es injusta. Es profundamente ofensiva para miles de familias colombianas que se levantan todos los días a trabajar para pagar una mejor educación para sus hijos; para miles de jóvenes que apuestan su futuro por formarse, y para miles de madres que ponen su vida en pausa con tal de abrirles un camino distinto a sus hijos.
Y resulta aún más incoherente viniendo de un proyecto político rodeado de escándalos, con pocos resultados concretos para mostrar y sin un solo gran logro del cual puedan sacar pecho.
Al otro lado aparece Abelardo de la Espriella, un candidato tan cuestionado como eficaz en términos políticos. Su pasado como abogado de figuras polémicas, entre ellas personas vinculadas al paramilitarismo y al narcotráfico, no es ilegal por sí mismo. Es verdad, todo ciudadano tiene derecho a la defensa y todo abogado puede ejercer su profesión dentro de la ley. Pero una cosa es el derecho y otra la valoración ética y política de una trayectoria. Nadie está condenado a escoger ciertos clientes, ciertas causas o ciertos personajes. Defender a alguien como Alex Saab, por ejemplo, no es una obligación profesional inevitable. Es una decisión. Y las decisiones también hablan de quién es uno, de qué causas decide asumir y de qué tipo de poder está dispuesto a representar.
El propio Abelardo lo dijo alguna vez: “la ética no tiene nada que ver con el derecho”. Y esa frase resume buena parte de su campaña. Porque puede ser cierto que no todo lo antiético sea ilegal y que el derecho a la defensa deba respetarse siempre. Pero una cosa es ejercer una profesión dentro de la ley y otra muy distinta pretender que las decisiones profesionales no tengan ninguna lectura ética, pública o política. Un abogado no es responsable penalmente por los delitos de sus clientes, pero sí puede ser evaluado por las causas que decide asumir, por los personajes que representa y por el tipo de poder al que ha decidido prestarle su voz.
Aun así, Abelardo logró algo que otros no lograron. Tocó una fibra popular. Encontró una rabia acumulada, un sentimiento de abandono, una necesidad de autoridad y de respuesta que nadie más supo interpretar. Le hizo creer a un sector de los colombianos que él podía ser la solución. Y eso, en política, pesa.
Además, su campaña entendió que necesitaba credibilidad institucional. Por eso, la llegada de José Manuel Restrepo fue clave. No porque fuera una figura capaz de mover millones de votos por sí sola. De hecho, buena parte del país apenas lo conocía. Su aporte fue otro. En política, muchas veces no importa solo lo que una persona realmente mueve, sino lo que representa dentro de una narrativa. Y Restrepo representaba técnica, moderación, experiencia en el Estado y manejo económico. Haber sido ministro de Comercio, ministro de Hacienda y rector universitario le permitió a la campaña vender la idea de que detrás de Abelardo no había solo rabia, discurso fuerte y espectáculo, sino también seriedad, datos y responsabilidad. Tal vez no fue él quien jaló los votos, pero sí ayudó a que muchos creyeran que ese proyecto tenía un soporte técnico que antes no parecía tener.
Y, como moño del regalo, Abelardo contó con un ecosistema mediático que terminó jugando un papel decisivo. Semana, a través de las mediciones de AtlasIntel y de sus portadas instaló una narrativa muy poderosa. Paloma se desplomaba, Abelardo era el único con opción real de pasar a la segunda vuelta y el voto útil de la derecha ya tenía dueño. El problema es que esa narrativa no apareció en el vacío. La propia campaña de Abelardo reportó un pago de más de 195 millones de pesos a AtlasIntel por un servicio de tracking electoral, según quedó registrado en los reportes de ingresos y gastos de campaña.
Es cierto que contratar mediciones privadas no es ilegal. De hecho, es recurrente en diversas campañas. Pero cuando la misma encuestadora que presta servicios a una campaña aparece al mismo tiempo marcando la conversación pública con mediciones difundidas por un medio abiertamente favorable a ese candidato, la pregunta no es solo legal. Es ética, política y periodística. A mi juicio, Semana dejó de comportarse como un medio que simplemente informa y opina y terminó incidiendo en el voto de derecha alrededor de Abelardo.
La tercera campaña fue la de Paloma Valencia. Una campaña que nació rodeada de cuestionamientos. Desde su elección por encuesta, hasta la escogencia de Juan Daniel Oviedo como fórmula vicepresidencial, pasando por el fallido café con Sergio Fajardo.
A diferencia de sus contrincantes, Paloma decidió hablar. Decidió opinar. Decidió estar en el debate. Decidió dar la cara. Y eso, en una campaña tan agresiva, le pasó factura. Pero también hay que reconocer algo. A pesar de los errores, de las contradicciones y de las decisiones discutibles, Paloma nunca dejó de salir. Nunca dejó de decirles a los colombianos lo que pensaba. Con aciertos y con fallas, con momentos buenos y malos, no se escondió. No hizo campaña desde el silencio ni desde la comodidad. Salió a competir, a equivocarse, a defenderse y a dar la pelea.
Paloma decidió hacer algo difícil en una campaña polarizada. Decidió sumar entre distintos. Decidió abrirle las puertas del Centro Democrático a quienes no pensaban exactamente igual, pero sí compartían una preocupación común por el futuro del país. Entendió que Colombia no se construye encerrándose en una sola orilla, sino buscando puntos de encuentro entre quienes quieren defender la democracia, la seguridad, la libertad y la estabilidad institucional.
Eso lo demostró cuando decidió montarse en la Gran Consulta por Colombia, una consulta que David Luna impulsó con una idea clara, reunir sectores distintos, desde el centro hasta la derecha, para construir una alternativa amplia frente al rumbo del país y permitirles a los colombianos escoger entre liderazgos serios. Paloma pudo haberse quedado en la comodidad del Centro Democrático, hablándole únicamente a los convencidos. Pero decidió medirse con otros liderazgos, abrirse a una competencia más amplia y terminó sacando más de 3,2 millones de votos. Ese resultado no fue menor. Demostró que su candidatura podía crecer cuando se atrevía a sumar, a dialogar y a entender que Colombia no se gobierna desde una sola esquina.
Y lo volvió a demostrar cuando invitó a Juan Daniel Oviedo a ser su fórmula vicepresidencial. Muchos podrán decir que fue una buena o una mala decisión, pero lo cierto es que ambos se atrevieron a hacer algo poco común en esta política de trincheras. Decidieron caminar juntos aun pensando distinto. Paloma venía del Centro Democrático y Oviedo de una orilla más técnica e independiente, incluso más lanzada hacia la izquierda del espectro político, pero entendieron que el país necesitaba algo más que repetir las mismas peleas de siempre. Esa decisión, con todos sus costos, fue también un mensaje contra la polarización y una apuesta por construir una alternativa más amplia.
Y tal vez ahí está una de las grandes lecciones de esta contienda. En Colombia ya no basta con tener razón, ni con tener experiencia, ni con tener trayectoria. En esta elección avanzó quien supo leer mejor el ánimo del país.
La izquierda entendió que el silencio podía protegerla. Abelardo entendió que la rabia podía movilizar. Paloma entendió tarde que dar la cara no siempre es suficiente si no hay una estrategia capaz de ordenar el mensaje, contener los golpes y conectar emocionalmente con la gente.
Ahora bien, vote por quien quiera. Vote por Abelardo, vote por Paloma o vote por quien más lo represente. Pero antes de dejarse arrastrar por la emoción del momento, vale la pena mirar algunas cosas con calma.
Yo voto por Paloma por convicción. Porque tiene experiencia en el Estado. Porque ha hecho oposición durante cuatro años, todos los días, sin esconderse. Porque mientras otros aparecieron al final de la película, ella estuvo dando la pelea desde el Congreso, denunciando los abusos del Gobierno y enfrentando políticamente a Petro cuando muchos preferían mirar para otro lado.
También voto por Paloma porque, entre ella y Abelardo, me da más tranquilidad. Abelardo podrá tener fuerza, discurso y conexión popular, pero no inspira la misma confianza ética ni institucional. No es ningún secreto que su trayectoria genera dudas legítimas en muchos sectores del país. Y en una elección tan delicada, el carácter, la experiencia y la coherencia también importan.
Además, hay algo que se está repitiendo mucho y que no tiene sustento real. Quieren vender la idea de que Abelardo puede ganar en primera vuelta, pero hasta ahora no hay una sola encuesta seria, un solo experto o un solo dato sólido que indique que eso sea posible. Miremos la encuesta que queramos. El escenario realista sigue siendo una segunda vuelta.
Entonces, si Abelardo ya está en segunda vuelta, como muchos de sus seguidores repiten todos los días, ¿por qué les molesta tanto que alguien vote por Paloma en primera? Si de verdad Abelardo ya tiene asegurado su paso, mi voto por Paloma no le quita nada. No le pone ni le quita. No cambia esa supuesta realidad.
Lo que sí puede cambiar es el mensaje que mandamos como país.
Ahora si pensamos en el escenario que tanto nos quieren vender y bajo la suposición de que Abelardo ya se enfrentará en segunda contra Cepda, también hay una razón estratégica. Si Cepeda queda por encima de Abelardo en primera vuelta, nadie podrá relajarse. El país entenderá que la continuidad es una amenaza real y que la segunda vuelta no está ganada. Eso obligaría a todos los sectores que quieren un cambio de rumbo a salir con más fuerza, sin triunfalismos y sin cálculos cómodos.
En cambio, si Abelardo queda muy por encima de Cepeda, muchos podrían asumir que la elección ya está definida. Algunos se relajarían, otros se irían al voto en blanco y otros pensarían que no hace falta hacer campaña. Y nada sería más peligroso que llegar a una segunda vuelta creyendo que todo está ganado.
Por eso mi voto en primera vuelta es por Paloma. No por capricho. No por cálculo pequeño. Es por convicción, por coherencia y porque creo que, en medio de la rabia, también hay que defender la experiencia, la seriedad y la trayectoria.
Lo que queda ahora es preguntarnos qué viene.
Porque más allá de quién gane, Colombia llega a los próximos cuatro años cansada, desconfiada y profundamente dividida. Un país que no quiere más discursos vacíos, pero que tampoco puede dejarse arrastrar únicamente por la rabia. Un país que necesita autoridad, pero también responsabilidad. Cambio, pero también seriedad. Emoción, pero también gobierno.
Estas elecciones no fueron solo una pelea entre candidatos. Fueron el reflejo de una Colombia que está buscando rumbo, pero que todavía no sabe si quiere encontrarlo en el silencio, en la rabia o en la experiencia. Y esa, quizás, es la pregunta más importante que nos deja esta contienda.
Por: Eduardo Nieto