EL LEGADO DE GERMÁN VARGAS LLERAS
El legado de una persona es lo que deja o transmite después de su paso por esta vida. Puede ser material o inmaterial. Puede estar en obras, en ideas, en decisiones o en la huella que deja sobre quienes vienen después. Pero, en este caso, no hablamos únicamente del legado que Germán Vargas Lleras le dejó a su hija, a sus hermanos, a su nieto o a su familia. Hablamos del legado que le dejó a Colombia.
Podríamos decir que su legado fueron las 100.000 viviendas gratuitas que cambiaron la vida de miles de familias colombianas. O las autopistas 4G, que ayudaron a conectar regiones que durante años estuvieron aisladas. O la modernización de aeropuertos, puertos y obras de infraestructura que le abrieron las puertas del país al mundo. También podríamos hablar del Estatuto Anticorrupción, de su papel en la defensa de la extradición o de su liderazgo en la consolidación de Cambio Radical como una de las fuerzas políticas más importantes de Colombia.
Sin duda, por todo eso será recordado. Pero el legado más importante que Vargas Lleras le deja al país no está solamente en las obras, sino en su forma de hacer política.
En una época en la que muchas veces pesan más el espectáculo, el aplauso fácil y el video de un minuto que la experiencia, la preparación y los resultados, Vargas Lleras nunca dejó de ser él. Tenía carácter. Era frontal. Decía lo que pensaba. Hacía política como vivía, con la verdad por delante, sin rodeos y sin miedo a incomodar.
Germán Vargas Lleras sabía que hablar fuerte, directo y sin rodeos podía costarle popularidad. Pero también entendía algo que Winston Churchill resumió con ironía cuando dijo que, si en vez de estar dando un discurso político lo estuvieran ahorcando, la multitud sería el doble de grande. En política, el aplauso no siempre es sinónimo de razón. Y Vargas Lleras nunca hizo de la política un reinado de belleza. No buscó caerle bien a todo el mundo; buscó defender lo que creía correcto, incluso cuando era incómodo decirlo.
Por eso, las generaciones futuras no deberían ver a Vargas Lleras solo como un ejemplo de ejecución, aunque su capacidad para convertir ideas en obras fue sobresaliente. Deberían recordarlo también por su honestidad a la hora de hacer política. Porque en medio de tantas caras falsas, él nunca escondió lo que pensaba. Porque en medio de tanta incertidumbre, conocía el Estado como pocos. Y porque justo cuando el país parecía entender, desde distintas orillas, cuánto lo necesitaba, Colombia se quedó sin la oportunidad de tener al último gran estadista como presidente de la República.
Pero no nos equivoquemos. Aunque perdimos esa oportunidad, en la memoria de muchos colombianos quedará marcado el ejemplo de un político que le dio la cara al país, que nunca se escondió y que jamás reemplazó la convicción por la conveniencia. Ojalá su legado sirva para que dejemos de mirar solo la portada y empecemos, de una vez por todas, a leer el libro completo.
Nuestro sueño fue verlo llegar a la Presidencia. ¿El de él? Conocer a su nieto. Y ese, el más importante, sí lo cumplió.
Por: Eduardo Nieto