Es ahora o nunca

Corría el año 2013 y Venezuela acababa de despedir a Hugo Chávez, el hombre que durante más de una década prometió refundar el país bajo las banderas de la revolución bolivariana, el socialismo del siglo XXI y el poder del pueblo. ¿Su sucesor? Nicolás Maduro, un hombre cercano a Chávez y llamado a tomar las banderas del fallecido dictador. Y así fue. Pero en su camino se atravesó la oposición encabezada por Henrique Capriles, quien, a pesar de sus mejores esfuerzos, terminó derrotado por la mínima.

Y es que el futuro de Venezuela lo definió una diferencia de apenas 1,49 puntos porcentuales, solo 223.599 votos. Pero esas elecciones dejaron una lección importante y es que la historia no la definen solo quienes votan por un proyecto; muchas veces también la definen quienes se quedan en la casa creyendo que su voto no cambia nada.

Porque ese día, más de 3,8 millones de venezolanos habilitados para votar no salieron a las urnas a defender la democracia de su país. Ellos habrían podido hacer la diferencia entre la Venezuela en ruinas que dejó el chavismo y un país distinto, democrático y libre, que no fue.

Ese escenario que los venezolanos vivieron hace trece años es una advertencia sobre la Colombia que elegiremos este domingo. Con una sola salvedad, aquí todavía existen instituciones que han impedido que Colombia se acerque al abismo institucional en el que Venezuela ya estaba entrando en 2013.

Porque cuando Maduro llegó al poder, el chavismo ya había debilitado la independencia judicial, como cuando amplió el Tribunal Supremo de Justicia para llenarlo de magistrados afines; ya había gobernado por decreto, usado el aparato estatal en campaña y reprimido la libertad de prensa. No fue de un día para otro. Fue paso a paso, hasta que el poder dejó de ser temporal y empezó a sentirse eterno.

Pero en Colombia las instituciones han mantenido su independencia, no se han dejado doblegar por el Gobierno Petro y se han parado firmes contra los abusos de poder. La Corte Constitucional ha frenado emergencias económicas que pretendían pasar por encima de los límites de la Constitución; el Consejo de Estado ha suspendido decretos con los que el Gobierno intentó asumir funciones que no le correspondían; y el Congreso, los organismos de control y la justicia han demostrado que la democracia colombiana todavía tiene defensas. Petro ha puesto a prueba una y otra vez los límites de la Constitución del 91, ha insistido en la constituyente, ha atacado decisiones judiciales, ha intentado gobernar por decreto y ha tratado los controles institucionales como obstáculos políticos.

Por eso cuando un seguidor de Petro o de Cepeda diga que estamos lejos de la Venezuela de 2013, recuérdenle algo. Si hoy Colombia no está más cerca de ese abismo, no ha sido por falta de intentos, sino porque las instituciones han resistido; les debemos mucho más de lo que pensamos.

Entonces, aunque el panorama electoral luzca desesperanzador para muchos, recuerden que la pregunta cambió. Ya no se trata solamente de qué candidato nos gusta más, cuál tiene la mejor hoja de vida o cuál nos representa por completo. Hoy la pregunta es mucho más simple y mucho más grave, ¿quién va a cuidar la democracia y quién nos puede acercar un paso más a la Venezuela de 2013?

Veamos entonces qué propone cada uno y cuál se parece más a la Colombia que queremos.

De un lado está la candidatura de Abelardo de la Espriella y José Manuel Restrepo, que tiene un “Compromiso de Lealtad con la Constitución” y la “Defensa de jueces, prensa e instituciones”. También propone reducir la carga tributaria, eliminar trámites y trabas para el sector empresarial y volver a entender al privado no como un enemigo, sino como un aliado para generar empleo, inversión y crecimiento.

Del otro lado está el proyecto de Cepeda, que tuvo que cambiar su discurso en plena campaña. Primero presentó un plan bajo la idea de “tres revoluciones”, pero después tuvo que echarse para atrás con su tan anhelada constituyente. No por falta de ganas, sino porque se dio cuenta de que los colombianos no quieren una constituyente y que insistir en esa idea no lo iba a llevar a la Presidencia.

Pero no se equivoquen. Esta historia ya la hemos visto y, aunque borren las palabras, nunca abandonarán la idea de acabar con la Constitución del 91.

Petro también prometió en 2018, incluso “en mármol”, que no convocaría una Asamblea Constituyente y que defendería la Constitución del 1991. Lo repitió en 2022. Pero ya en el poder, no tuvo ningún problema en convertir esa idea en uno de sus principales objetivos. Esa es la incoherencia que no podemos ignorar. Cuando están buscando votos, prometen respetar las reglas; cuando llegan al poder, las reglas empiezan a volverse obstáculos.

Y si hablamos de Cepeda, miremos su propia historia. En el pasado exaltó a Hugo Chávez como “el arquitecto de un nuevo orden en nuestro continente” y llegó a decir que Nicolás Maduro era un “digno sucesor de Hugo Chávez”. Entonces la pregunta no es si hoy intenta disimular su cercanía con ese modelo de país que llevó a Venezuela a la ruina. La pregunta es qué proyecto ha defendido durante años y qué garantías reales tenemos de que, una vez en el poder, no intentará llevar a Colombia por ese mismo camino.

Petro ya nos demostró que cuatro años pueden ser suficientes para hacer retroceder a un país durante décadas. Cuatro años bastan para debilitar las instituciones, romper la confianza, espantar la inversión y entregarle Colombia a los violentos.

No dejemos que la indiferencia y el ego terminen decidiendo por nosotros. Colombia todavía está a tiempo de defender su democracia, y la única forma de hacerlo es votando por Abelardo de la Espriella y José Manuel Restrepo.

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La elección del silencio, la rabia y la experiencia